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Historia casi feliz

Fuimos los pioneros de una región inhabitable en la que la belleza barata de las casas se veía amenazada por poderosos vientos y por cardos rodantes que se desplazaban por las calles como vigilando, esperando que falláramos y saliéramos desprevenidos para arrastrarnos.

En una ocasión practicamos el siguiente juego: nos apostamos dentro de una gran zanja que habían excavado años antes para inspeccionar las características del terreno donde construyeron nuestras casas. Al fondo de la zanja, a la que se podía acceder por una rampa, se amontonaban cardos redondos y arrancados que el viento había conducido a aquel callejón sin salida. Soplaba un viento terrible, la primavera se iniciaba. De vez en cuando un cardo conseguía salir de la zanja y se disparaba en cualquier dirección, arrastrado por el viento enloquecido de la tarde.

El juego consistía en lo siguiente: cada uno disponía de un turno. Llegado tu turno debías correr detrás del cardo que conseguía escapar de la zanja. Lo planteamos como un juego pero en realidad queríamos escapar de nuestra vidas de niños sin recursos, sin esperanza, sin alegría. Mi hermana tenía uno de los primeros turnos. Cuando llegó el momento salió disparada de la zanja y vi su pelo recogido que el viento no podía alterar. Corrió y corrió, se alejó mucho de la urbanización, tanto que ya no la podía ver, estaba en medio del campo y su cardo no paraba de avanzar. Entrevió otra ciudad al fondo, vio algunos edificios altos y una nube parada encima de la ciudad, una nube de algodón, me dijo. Su cardo corría ya sin rodeos, directo a la ciudad, mi hermana dejó de sentir el cansancio. De repente el cardo se paró, en medio del prado, a pesar de que seguía soplando un viento terrible. Mi hermana esperó más de una hora, hasta que se fue haciendo de noche.

Yo regresé a casa sin que mi turno hubiera llegado. Mi hermana no estaba y me preguntaron por ella. Está bien, les dije a mis padres, está mejor. Se asustaron con mi respuesta y me preguntaron con mayor firmeza. Después de comprobar que yo no les diría nada, cogieron el cohce y se fueron a buscarla. Regresaron cuando mi hermana ya había llegado. Era muy tarde, de madrugada cuando sonó la puerta y vi a mi hermana, cansada, decepcionada.

-Se paró, me dijo.

No supe qué decirle. Cuando regresaron mis padres ella estaba dormida en el sillón. De algún modo ellos supieron que Eva no había vuelto, que se había quedado enredada en algún sitio del que no podrían rescatarla. Quizá por eso cuando dos años después se largó con un hombre mucho mayor que ella, dejando los estudios y a nosotros, nadie osó seguirla, como si hubiera terminado un viaje que había comenzado mucho antes, en aquella tarde ventosa y sonora.

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Segismundo -

Pasaron los días, los meses y los años. Y transcurrieron más tardes sonoras y ventosas como las de aquel génesis estacional, cuando las mañanas son casi iguales a las noches.

Bien es cierto que el viento seguía susurrando suave, y al unísono, a los mismos y sempiternos árboles de aquellos desolados y yermos arrabales de nuestra triste y malgastada adolescencia; pero desde que Eva quedó hechizada por la mansa música de aquella brisa acompasada que alzaba los cardos redondos, yo ya no soy el de antes.

Anoche, sin ir más lejos, soñé que sostenía sus hombros con mis exinanidas manos para besar su pálido rostro rosaceo; pero cuando mis cándidos bordes trataron de acoplarse a sus mejillas de jaspe, un gélido espasmo recorrió mi esencia hasta hacerme despertar de aquella avariciosa y posesiva ilusión. Entonces, al abrir mis ojos, divisé una lánguida sombra en la sala. Un oscuro y tembloroso espectro que susurraba al viento que inundaba mi estancia:

- Déjame en mi silencio. Consérvame el sigilo. Ya nunca más me despiertes. Descansa en descanso. Regresa a las zanjas. Chist, chist, chist...
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