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Sobre-vivir

Anuncio, mediante ese título seguramente plagiado por lo evidente del juego morfológico, una reflexión sobre la inviolabilidad de leyes que no deben cumplirse desde el punto de vista de la voluntad del sujeto pero que se acaban cumpliendo en los intersticios que deja la voluntad que no puede estar todo el día ajetreada y omnipresente mirando si el tipo al que está adscrita respeta lo que dice que va a hacer, etc., es decir, se trata de un texto para la mayoría de los momentos.

La ley que proclamo se puede describir mediante estos tres enunciados que relacionan la edad y la actitud ante la vida:

1. Juventud; relativismo.

2. Madurez; determinismo.

3. Senectud; providencialismo.

Me gustaría hacer notar, en primer lugar, que la edad corresponde estrictamente a la edad biológica y que no tiene que ver con la edad mental o espiritual que es una de las grandes mentiras que a fuerza de contarse y repetirse acaban por ser creídas por todos, generando especímenes que con 50 años se tiñen el pelo o andan en moto haciendo ruido o practican deportes de riesgo, o, caso extremo, emplean un vocabulario de todo punto extemporáneo e intempestivo a su condición biológica.

La ley es nítida, no tiene mayor misterio.

En los inicios de la conciencia y la reflexión el sujeto se muestra relativista, esto no corresponde a una actitud humilde o empática por su parte, sino todo lo contrario. El sujeto considera que es capaz de entenderlo todo y no sólo eso, sino que además es capaz de ponerse en el lugar de cualquier otro, de tal modo que su perspectiva del mundo es amplísima. Esto es así, visto desde otras etapas de la vida, porque el sujeto conoce apenas una brizna de la hierba y considera que todas las flores son síntomas de una planta sana y jubilosa, que todas las flores están ahí meramente para ser contempladas y que tomarlas es una usurpación de lo que debería ser un bien común. Esta fase es meramente lingüística, las cosas son palabras y la suma de la comprensión de cada palabra da lugar a un campo semántico amplio como el mundo. Dueño del lenguaje el sujeto se siente dueño del mundo. Acerca de las frases que es posible construir el sujeto apenas se pronuncia, de hecho, si conoce alguna frase la trata como si de una palabra se tratara.

Con posterioridad el sujeto se percata de que el mundo, como si de una extensión de la naturaleza se tratara, tiende a repetirse en lo peor que tiene; muchas de las perspectivas son reducidísimas y bajo la brizna no hay más que lodo o basura. El sujeto se siente engañado en muchas ocasiones porque aprovecharon su relativismo aquellos que no eran relativistas. El mundo se repite y eso significa determinación. Las deliciosas mujeres se convierten simplemente en mujeres y comienzan tras la maternidad a confundir el nombre de su hijo y a citar otros antes de dar con el apropiado o bien a convertir en metaconversaciones aquellas conversaciones donde no llevan razón. Los hombres comienzan a desentenderse de las nimiedades y limpian la casa y atienden a los hijos y todo eso pero no saben si hace falta jabón para el baño o si falta crema para la cara del niño. Los padres no son comprensibles y los hijos mucho menos, etc.

Esta fase produce una gran pena pero una buena seguridad. Predecimos con facilidad lo que va a suceder. El sujeto tiende a la humildad porque él mismo se reconoce en las predicciones y, si hace un esfuerzo por saltárselas, se percata de que está yendo contra natura y que el gasto de energía y voluntad se incrementa hasta límites insospechados. Aquí empieza a jugar la literatura, no sólo el lenguaje. Las palabras dan lugar a las historias que, no obstante, se comportan como una sola palabra. Toda la historia de esa mujer cabe en la palabra mujer; toda la historia de ese hombre en la palabra hombre. El campo semántico se reduce a pares de opuestos: hombre-mujer, profesor-alumno, poderoso-honrado, y así toda una serie de términos que definen de una vez para siempre el mundo.

Pero hete aquí que el mundo se convierte entonces en un puré gigante, en una masa espesísima en la que no cabe avanzar y un invierno eterno se cierne sobre los hombres y las mujeres. ¿Qué margen cabe en el futuro? Uno mira a su padre y sabe que él es el futuro de esos ojos y de esas manos, que su padre es la memoria que llegó antes que el hijo mismo y que el hijo reproducirá. Para sobrevivir uno agudiza los sentidos y espera encontrar con los ojos entrecerrados y toda su capacidad de concentración puesta al servicio del mundo algo que se salga de la rutina, de ese ciclo que va y viene. Lo va encontrando pero sin esperanza, uno descubre entonces que la estupidez es infinita y la mediocridad también. El mundo no es predecible porque, citando a Cipolla, el estúpido no actúa conforme a una ley o norma, actúa por actuar, habla como quien tararea una canción. Así que el determinista descubre en la voluntad de los hombres un impedimento para la tranquilidad (de la felicidad hace tiempo que se olvidó) y clama por una voluntad superior que juegue con este mundo y distribuya la estupidez como la excepción que hace el mundo trepidante e interesante.

Llegado a este punto el sujeto se hace providencialista, es decir, cree que todo lo que acontece puede delegarse en una voluntad superior a la que sólo cabe esperar. El mundo se hace literario y el sujeto, si alcanza la sabiduría y no se resiste a lo que le sucede lo toma como piezas de un juego del que ignora las reglas. El sujeto se sienta a leer y decide dejar de escribir y predecir, al cabo, lo natural es leer.

Así llega la aceptación de la estupidez y la fealdad y el poder, así llega la tranquilidad y la sorpresa reunidas.

Así llega la muerte. 

 

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1 comentario

Segismundo -

He aquí el manifiesto:


RELATIVISTA

Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla,

y un huerto claro donde madura el limonero;

mi juventud, veinte años en tierras de Castilla;

mi historia, algunos casos que recordar no quiero.


Ni un seductor Mañara, ni un Bradomín he sido

—ya conocéis mi torpe aliño indumentario—,

más recibí la flecha que me asignó Cupido,

y amé cuanto ellas puedan tener de hospitalario.



Hay en mis venas gotas de sangre jacobina,

pero mi verso brota de manantial sereno;

y, más que un hombre al uso que sabe su doctrina,

soy, en el buen sentido de la palabra, bueno.




DETERMINISTA


Adoro la hermosura, y en la moderna estética

corté las viejas rosas del huerto de Ronsard;

mas no amo los afeites de la actual cosmética,

ni soy un ave de esas del nuevo gay-trinar.



Desdeño las romanzas de los tenores huecos

y el coro de los grillos que cantan a la luna.

A distinguir me paro las voces de los ecos,

y escucho solamente, entre las voces, una.



¿Soy clásico o romántico? No sé. Dejar quisiera

mi verso, como deja el capitán su espada:

famosa por la mano viril que la blandiera,

no por el docto oficio del forjador preciada.



PROVIDENCIALISTA


Converso con el hombre que siempre va conmigo

—quien habla solo espera hablar a Dios un día—;

mi soliloquio es plática con ese buen amigo

que me enseñó el secreto de la filantropía.


Y al cabo, nada os debo; debéisme cuanto he escrito.

A mi trabajo acudo, con mi dinero pago

el traje que me cubre y la mansión que habito,

el pan que me alimenta y el lecho en donde yago.



Y cuando llegue el día del último vïaje,

y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,

me encontraréis a bordo ligero de equipaje,

casi desnudo, como los hijos de la mar.
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