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De amigos, abrazos y olas

Y, sin embargo, lo que dicen hacer lo hacen, lo que prometen en fantasía sigilosamente va siendo.

Son dos. Tiene uno de ellos la nariz tan amplia y cercana que la fragilidad de su cuerpo no parece frágil. Lleno de huesos, se mueve despacio, mira desde lejos, intensamente, muchas veces lleva la mirada baja, una mirada que recorre el suelo como en busca del objeto perdido, para levantarla por sorpresa e incrustarla en el compañero, buscando lejos, dentro, pero nunca agresivamente. Una mirada tan paradójicamente aguda como confortable, amiga. Sus palabras, por tanto, titubean a menudo, van buscando la expresión exacta dudando siempre de hallarla, y sobrecogen por la frecuencia con que no se sonrojan al usar exclamaciones y alabanzas. Todo lo hace intenso. Aprende quien le acompaña, siempre, que no importa estar cerca. Da abrazos tan fuertes tan a menudo…

El otro se mueve a oleadas, pero con olas suaves. Movimiento carnoso como sus palabras: lamen poco a poco la arena, avanzan cada vez un poco más, habiendo sido sin embargo desde la primera palabra ya la palabra exacta. Pero siempre hay otra. Otra ola. Profundizar más en la arena, acercarse más todavía al compañero. Inventar, y sin embargo cumplir el imposible prometido. Se mueve como olas, habla como olas y su volumen entero se va haciendo confortable. No es posible fijarse en una parte de su cuerpo sola; envuelve, más bien. Hace sentir que está de camino, en camino contigo, que fluye como las palabras sin reconocer origen ni tolerar fin. Y arrastra suavemente. Va lamiendo, a oleadas, imparable.

Los dos me hacen sentir acogido y crean un espacio que ni imagino sin ellos. Lo que dicen hacer lo hacen como en milagro, lo que prometen en fantasía va con sigilo siendo. Me desbordan, enmudezco y me sé pequeño, inmaduro y querido ante el torrente de abrazos, de uno, de olas y palabras, del otro; pero pequeño, acompañado y casi mimado, cuando mimos no esperaba.

Me pongo en sus manos; son grandes, las cuatro. Las de uno, huesudas, largas, acarician. Las de otro, carnosas pero no blandas, atraen, imantan.

Quizá son las olas abrazos, los abrazos palabras y las palabras olas. Pero esas conversiones sólo las pueden hacer ellos.

Y, claro, como pueden y lo dicen, lo hacen.

Odradek

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1 comentario

Anónimo -

A una nariz.
Francisco de Quevedo y Villegas.

Érase un hombre a una nariz pegado,
érase una nariz superlativa,
érase una nariz sayón y escriba,
érase un peje espada muy barbado.


Era un reloj de sol mal encarado,
érase una alquitara pensativa,
érase un elefante boca arriba,
era Ovidio Nasón más narizado.


Érase un espolón de una galera,
érase una pirámide de Egipto,
las doce Tribus de narices era.


Érase un naricísimo infinito,
muchísimo nariz, nariz tan fiera
que en la cara de Anás fuera delito.



TE QUIERO DE NARICES, HERMANO ODRADEK. TE QUIERO.
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