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Esos pendientes

Esos pendientes

Nunca la regalé pendientes, ni joyas. Puede que otros hombres lo hayan hecho por mí. Es más, ahora estoy seguro de ello. Y espero que así haya sido, pues entonces se habrá sentido dichosa  por un día, por una hora, por un segundo o por un instante.

Yo, por mi parte, simplemente traté de hacerla feliz independientemente de cualesquiera pendientes que decidiera engancharse; bien sean esos, o esos. Aunque he de decir que, particularmente, me gustaba más sin pendientes -el que me conoce sabe que no soy persona de colgantes-. Pero esos no eran más que deseos, que ahora quedan pendientes.  

De igual modo, me importaba poco, muy poco, el adorno que llevara el zarcillo, o de quién -o quiénes- se lo confirieran: eran sus pendientes. Y tenía todo el derecho a colgárselos. Y uno siempre debe decidir libremente sus prendas. O trapos, si viene a cuento. El caso es que yo no se los proporcionaba, a esos pendientes me refiero. Fundamentalmente porque a mí nunca me han gustado ese tipo de alhajas.

Recuerdo que una vez, paseando por un bazar, un dependiente que trabajaba por cuenta ajena -quiero decir de forma independiente- decidió dispensarla unos aritos de oro: esos pendientes.

Por supuesto, los dependientes que sirven pendientes –esos pendientes- están, como no, siempre pendientes de las dependencias de sus clientes, y atienden muy sabiamente –ellos tienen mucha experiencia en esas cosas- a sus necesidades, a sus pendientes.

Por eso la sirvió dos colgajos, aritos, que, la advirtió, deberían ser ubicados de forma correcta, exacta, delicada, fiel y honrosa a la causa para la que se fueran a usar.

“Los pendientes, esos pendientes, concretamente, son para llevarlos siempre, en cualquier ocasión. Da igual si es invierno o verano. Si se va de fiesta, o si se decide ir a una reunión familiar. Lo que hoy vas a comprar, esos pendientes, están hechos para llevarlos contigo siempre. No lo olvides”, la dijo.

También la explicó, lo recuerdo perfectamente, que esos pendientes la traerían suerte. A ella y a la persona que le acompañaba, y como no podía ser de otra forma, los adquirió. Los compró. Y así pudo conquistar, sin culpa y sin recelo, justo como lo hace cualquier persona que depende impulsivamente de la compra, esos pendientes.

Pero lo que me llamó poderosamente la atención fue la manera en la que se los ofrecía (esos pendientes), porque, dijo, que esos adornos, esos pendientes, poseían espíritu propio, y que eran un círculo infinito que la proveerían de amor –a ella y a su pareja- para toda su existencia.

Y así, los compró.

Yo pensé que aquello que estaba haciendo no era lo correcto, pero la apoyé, como siempre, en el impulso de su adquisición. Aunque del mismo modo cavilé, y sigo haciéndolo –esa es mi forma de ser-, que existen mejores regalos, obsequios, que ofrecer a las gentes de bien, más que unos simples y tristes pendientes: esos pendientes. 

Como persona romántica que fui para con ella, y que seré siempre para con las demás gentes de bien, a pesar de lo que pudiere acontecer, que el detalle no reside en la joya adquirida (esos pendientes), comprada o conseguida en un simple bazar, en una simple tienda de barrio, o en un simple y frío centro comercial, con dos simples billetes, papeles, de diez euros (tres apurando). Sino que en el detalle reside la esencia de la persona que los elabora artesanalmente, con las manos, que son el verdadero instrumento del alma de las personas bondadosas, íntegras y honradas. Leales, honestas y nobles.

A día de hoy estoy suficientemente capacitado para afirmar que el corazón no entiende de cuentas corrientes. Ni de llaves de habitaciones de hoteles de lujo escondidas, como un vulgar y maliciento trofeo, en el fondo de un desfasado, grotesco y antiestético bolso. Ni de regalos y obsequios materiales, como unos pobres y deslucidos pendientes escogidos, como no podría ser de otra forma, sin gusto alguno. El alma sólo conoce de acciones labradas desde el amor y para el amor. Al verdadero, me refiero. 

Unos simples pendientes, esos pendientes, hacen dichosos a quienes lo merecen.

Por supuesto, esta enseñanza, este aprendizaje que hoy se me otorga, y que debo asimilar de la forma más rápida, diligente y honrada posible, la anotaré cuidadosamente en mi cuaderno de escritura, que es lo más puro que me queda. Y la registraré justo en el espacio que dedico a mi particular lista de trabajos por concluir: esos pendientes.

Segismundo.

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Odradek filológico -

pendiente.

(Del ant. part. act. de pender; lat. pendens, -entis).


1. adj. Que pende.

2. adj. Inclinado, en declive. Terreno pendiente.

3. adj. Que está por resolverse o terminarse.

4. adj. Sumamente atento, preocupado por algo que se espera o sucede. Todos estaban pendientes de las palabras del orador.

5. m. Arete con adorno colgante o sin él.

6. m. Joya que se lleva colgando.

7. m. Carp. Inclinación de las armaduras de los techos para el desagüe.

8. m. Heráld. Parte inferior de los estandartes y banderas.

9. m. Ingen. Cara superior de un criadero.

10. m. Méx. preocupación.

11. f. Cuesta o declive de un terreno.

12. f. Geom. Medida de la inclinación de una recta o de un plano.

Sumamente atento, preocupado, pues, por la medida de la inclinación de una recta o de un plano que dejan de ser tales, preparados para el desagüe en la parte inferior de los estandartes y banderas de la cara superior de un criadero; así estamos.
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